RECUERDOS.
Si me
preguntasen cuál fue el peor día de mi vida diría, sin dudarlo dos veces, el
día en el que murió mi madre.
Tengo cuatro
hermanas mayores; Anne, que me lleva diez años; Rose, que me lleva ocho;
Louise, que me lleva siete y Katerine, que solo tiene tres años más que yo.
Aquel día
lo recuerdo como si fuese ayer, porque, a pesar de tener tan solo cuatro años,
sabía lo que estaba pasando perfectamente. En aquellos momentos vivíamos en las
afueras de Londres, a unos diez quilómetros de la capital de Inglaterra.
Mi madre
llevaba enferma varios meses, mis últimos recuerdos de ella son de cuando se encontraba
en la cama, tumbada; con su pelo color miel esparcido por la almohada; parecía
que estaba dormida pero cuando entraba en la habitación para darle las buenas
noches abría sus preciosos ojos azules y me decía que me acercase, entonces me
daba un beso, me contaba un cuento en el que todo el mundo era feliz, en el que
había un mundo mejor, sin sufrimiento, sin pena, al final me decía que me
quería y que cuando ella no estuviese con nosotros que no la olvidáramos jamás.
Yo le contestaba que no lo haríamos y me agarraba a su cuello lo más fuerte que
podía, porque realmente tenía miedo de que algún día nos dejase, de que se
fuese para siempre. Después me iba a mi habitación y le preguntaba a Anne si
mamá se iba a morir, ella siempre me decía que no pero yo no me lo creía porque
veía en sus ojos dolor y pena. Y aunque quería hacer algo para ayudar no podía
así que simplemente me acostaba en mi cama e intentaba dormir.
En aquella
época papá no hablaba mucho y se podía ver la preocupación en su rostro. Pero
siempre que hablaba con mamá tenía una sonrisa, unas palabras esperanzadoras y
una buena cara para ella, a pesar de todo por lo que estábamos pasando.
Vi a Louise
pasar pocas veces por su habitación, al principio no me daba cuenta de por qué
hacía eso, lo que menos necesitaba mamá en aquellos momentos era que no la
apoyasen, pero un día la vi salir corriendo después de ver a mamá, la seguí y
vi que se encerraba en el baño, después de un rato la escuché llorar. Entonces
lo comprendí, no soportaba ver a mamá así.
Poco a poco
la salud de mi madre iba empeorando, empezó a adelgazar y a ponerse pálida, sus
ojos estaban tristes y su pelo no tenía el mismo color y brillo que antes. A
medida que su salud empeoraba mi padre salía menos de su despacho y Rose, Kate,
Anne y Louise cuidaban demasiado de mi y casi no me dejaban ir a ver a mamá,
actuaban como si tuviesen miedo de que me enterase de lo que pasaba. Cada
mañana Rose me decía que a mamá no le pasaba nada, que era una gripe tonta, no
le creía, yo sabía que algo iba mal.
En fin de año papá trajo regalos para
todos y mamá bajo a cenar con nosotros, vino en una silla de ruedas empujada
por Rose. Ese día comimos todos en silencio, se notaba la preocupación en el
aire pero, a pesar de todo, yo estaba contenta, porque hacía tanto tiempo que
no comíamos todos juntos, como una familia normal, que todos los momentos en
los que nos reuníamos los guardaba en mi memoria como si fuesen diamantes y
disfrutaba de ellos como si cada uno fuese el último. Y ese día lo fue.
Tres días más tarde, el tres de enero,
fui a ver a mamá por la mañana, ella no se encontraba muy bien esos días y yo
estaba muy pendiente de su estado porque tenía la sensación de que algo horrible
iba a pasar dentro de poco. Entré en la habitación y la vi, el sol le daba en
la cara y hacía que sus rasgos fueran más perfectos de lo que eran, su pelo
relucía como nunca antes y su rostro
reflejaba felicidad, alivio lo que hacía que fuese más guapa de lo normal;
tenía los ojos cerrados y sus pestañas era tan largas y espesas que parecía que
se había echado rímel. Al principio creía que ya estaba bien, que después de
tanto sufrimiento ya había llegado el momento deseado por todos, el momento en
el que mamá se recuperaría, pensé que ella estaba allí, durmiendo plácidamente
como quién duerme después de tener una pesadilla, así que me acerqué a ella para despertarla pero cuando toqué su
mano y vi que estaba tan fría como el hielo me di cuenta, mamá había muerto.
Todo se volvió oscuro, ahora ella no parecía preciosa y bella si no que sus
rasgos emanaban tristeza. Y me desmayé.
Después de su muerte los meses pasaban
lentamente, todos estábamos muy apenados por lo que había pasado. Escuchaba a
mis hermanas llorar todas las noches, y veía que mi padre estaba envejeciendo
más rápido de lo normal. Yo me pasé un año sin dirigirle la palabra a nadie, me
mandaron a diversos psicólogos pero ninguno conseguía hacerme hablar. Por
dentro yo ya no era una niña de cuatro años y medio, era una niña mayor,
alguien que había sufrido lo suficiente
como para entender perfectamente el mundo de los adultos, poco a poco fui
recordando los cuentos que me contaba mamá, los cuentos en los que había mundos
perfectos, mundos sin muertes, sin penas, mundos dónde todos eran felices,
dónde todo salía bien. Mis hermanas comenzaron a empeorar en el colegio,
pasaron de sacar todo sobresalientes y algún notable a suspender tres o cuatro.
Mi padre no sabía qué hacer, y cuándo vino un día a casa diciéndonos que nos
íbamos a mudar, nadie protestó.
Dos meses después estábamos en un
avión, rumbo a España, más concretamente a Santiago de Compostela, que era,
como dijo mi padre, un buen lugar para olvidarnos del pasado y empezar una
nueva vida.
Empezamos a ir al colegio Alca, dónde
estuvimos hasta que nos graduamos. Con el paso del tiempo volví a hablar y
todos nos fuimos acostumbrando a nuestra nueva vida, mis hermanas han sido como
unas madres para mí, sobre todo Anne, que fue la que más me cuido todo este
tiempo, tal vez sea porque es la mayor, tal vez sea por otra razón, eso nunca
lo sabré.
Me gradué y empecé a estudiar
psicología, no sé muy bien lo que me llevó a elegir esta carrera, seguramente
quisiera saber valorar lo que realmente pasó con mi infancia, cómo alguien tan
pequeño puede sufrir tanto. Quizás quisiera entender lo que sentían mis
hermanas, lo que sentía papá, incluso lo que sentía mamá al ver que poco a poco
estaba muriendo y nos iba a dejar solos en el mundo, al darse cuenta de que nos
iba a abandonar.
Ahora tengo dos hijos, Marcos y Jodie,
los dos son pequeños, tienen siete y cinco años respectivamente, todas las
noches, antes de dormir, me siento entre sus camas y me invento historias
maravillosas, al igual que hacía mi madre conmigo. Hace poco he ido recopilando
en un libro todas esas historias, por lo menos las que consigo recordar, porque
para mí son como una joya, para mí son uno de los pocos recuerdos que me quedan
de mamá.
Rose y Kate me dicen constantemente que
soy igual a nuestra madre, papá, que ya está muy mayor, también me lo dice de
vez en cuando, pero a mí no me lo parece, porque mamá era fuerte, fuerte y
valiente, porque resistió hasta el final y, aunque estuvo muy mal, nunca la vi
llorar en ningún momento. En cambio yo soy muy débil, incluso ahora lloro por
su muerte, las noches frías de invierno me acuerdo de ella, de cómo estaba el
día que murió, de lo hermosa que era, y no puedo evitar que las lágrimas salgan
de mis ojos.
Todo esto son recuerdos, simples
recuerdos de una persona que ha sufrido mucho. ¿Pero qué son los recuerdos? Yo
creo que son cosas que se olvidan, sean felices o tristes siempre se acaban
olvidando, porque siempre llegan unos nuevos para reemplazarlos. Lo único que
espero es que estos sean esa especie de recuerdos que nunca se olvidan, esos
que son tan importantes que siguen ahí, pase lo que pase, quiero que sean de
esos recuerdos que perduran en el tiempo, pero bueno, al fin y al cabo son
simples recuerdos. Solo son recuerdos bien guardados.