jueves, 30 de mayo de 2013

                                           RECUERDOS.

       Si me preguntasen cuál fue el peor día de mi vida diría, sin dudarlo dos veces, el día en el que murió mi madre.
      Tengo cuatro hermanas mayores; Anne, que me lleva diez años; Rose, que me lleva ocho; Louise, que me lleva siete y Katerine, que solo tiene tres años más que yo.
        Aquel día lo recuerdo como si fuese ayer, porque, a pesar de tener tan solo cuatro años, sabía lo que estaba pasando perfectamente. En aquellos momentos vivíamos en las afueras de Londres, a unos diez quilómetros de la capital de Inglaterra.
        Mi madre llevaba enferma varios meses, mis últimos recuerdos de ella son de cuando se encontraba en la cama, tumbada; con su pelo color miel esparcido por la almohada; parecía que estaba dormida pero cuando entraba en la habitación para darle las buenas noches abría sus preciosos ojos azules y me decía que me acercase, entonces me daba un beso, me contaba un cuento en el que todo el mundo era feliz, en el que había un mundo mejor, sin sufrimiento, sin pena, al final me decía que me quería y que cuando ella no estuviese con nosotros que no la olvidáramos jamás. Yo le contestaba que no lo haríamos y me agarraba a su cuello lo más fuerte que podía, porque realmente tenía miedo de que algún día nos dejase, de que se fuese para siempre. Después me iba a mi habitación y le preguntaba a Anne si mamá se iba a morir, ella siempre me decía que no pero yo no me lo creía porque veía en sus ojos dolor y pena. Y aunque quería hacer algo para ayudar no podía así que simplemente me acostaba en mi cama e intentaba dormir.
        En aquella época papá no hablaba mucho y se podía ver la preocupación en su rostro. Pero siempre que hablaba con mamá tenía una sonrisa, unas palabras esperanzadoras y una buena cara para ella, a pesar de todo por lo que estábamos pasando.
        Vi a Louise pasar pocas veces por su habitación, al principio no me daba cuenta de por qué hacía eso, lo que menos necesitaba mamá en aquellos momentos era que no la apoyasen, pero un día la vi salir corriendo después de ver a mamá, la seguí y vi que se encerraba en el baño, después de un rato la escuché llorar. Entonces lo comprendí, no soportaba ver a mamá así.
        Poco a poco la salud de mi madre iba empeorando, empezó a adelgazar y a ponerse pálida, sus ojos estaban tristes y su pelo no tenía el mismo color y brillo que antes. A medida que su salud empeoraba mi padre salía menos de su despacho y Rose, Kate, Anne y Louise cuidaban demasiado de mi y casi no me dejaban ir a ver a mamá, actuaban como si tuviesen miedo de que me enterase de lo que pasaba. Cada mañana Rose me decía que a mamá no le pasaba nada, que era una gripe tonta, no le creía, yo sabía que algo iba mal.
        En fin de año papá trajo regalos para todos y mamá bajo a cenar con nosotros, vino en una silla de ruedas empujada por Rose. Ese día comimos todos en silencio, se notaba la preocupación en el aire pero, a pesar de todo, yo estaba contenta, porque hacía tanto tiempo que no comíamos todos juntos, como una familia normal, que todos los momentos en los que nos reuníamos los guardaba en mi memoria como si fuesen diamantes y disfrutaba de ellos como si cada uno fuese el último. Y ese día lo fue.
        Tres días más tarde, el tres de enero, fui a ver a mamá por la mañana, ella no se encontraba muy bien esos días y yo estaba muy pendiente de su estado porque tenía la sensación de que algo horrible iba a pasar dentro de poco. Entré en la habitación y la vi, el sol le daba en la cara y hacía que sus rasgos fueran más perfectos de lo que eran, su pelo relucía como nunca antes y  su rostro reflejaba felicidad, alivio lo que hacía que fuese más guapa de lo normal; tenía los ojos cerrados y sus pestañas era tan largas y espesas que parecía que se había echado rímel. Al principio creía que ya estaba bien, que después de tanto sufrimiento ya había llegado el momento deseado por todos, el momento en el que mamá se recuperaría, pensé que ella estaba allí, durmiendo plácidamente como quién duerme después de tener una pesadilla, así que me acerqué  a ella para despertarla pero cuando toqué su mano y vi que estaba tan fría como el hielo me di cuenta, mamá había muerto. Todo se volvió oscuro, ahora ella no parecía preciosa y bella si no que sus rasgos emanaban tristeza. Y me desmayé.
        Después de su muerte los meses pasaban lentamente, todos estábamos muy apenados por lo que había pasado. Escuchaba a mis hermanas llorar todas las noches, y veía que mi padre estaba envejeciendo más rápido de lo normal. Yo me pasé un año sin dirigirle la palabra a nadie, me mandaron a diversos psicólogos pero ninguno conseguía hacerme hablar. Por dentro yo ya no era una niña de cuatro años y medio, era una niña mayor, alguien que había sufrido lo  suficiente como para entender perfectamente el mundo de los adultos, poco a poco fui recordando los cuentos que me contaba mamá, los cuentos en los que había mundos perfectos, mundos sin muertes, sin penas, mundos dónde todos eran felices, dónde todo salía bien. Mis hermanas comenzaron a empeorar en el colegio, pasaron de sacar todo sobresalientes y algún notable a suspender tres o cuatro. Mi padre no sabía qué hacer, y cuándo vino un día a casa diciéndonos que nos íbamos a mudar, nadie protestó.
        Dos meses después estábamos en un avión, rumbo a España, más concretamente a Santiago de Compostela, que era, como dijo mi padre, un buen lugar para olvidarnos del pasado y empezar una nueva vida.
        Empezamos a ir al colegio Alca, dónde estuvimos hasta que nos graduamos. Con el paso del tiempo volví a hablar y todos nos fuimos acostumbrando a nuestra nueva vida, mis hermanas han sido como unas madres para mí, sobre todo Anne, que fue la que más me cuido todo este tiempo, tal vez sea porque es la mayor, tal vez sea por otra razón, eso nunca lo sabré.
        Me gradué y empecé a estudiar psicología, no sé muy bien lo que me llevó a elegir esta carrera, seguramente quisiera saber valorar lo que realmente pasó con mi infancia, cómo alguien tan pequeño puede sufrir tanto. Quizás quisiera entender lo que sentían mis hermanas, lo que sentía papá, incluso lo que sentía mamá al ver que poco a poco estaba muriendo y nos iba a dejar solos en el mundo, al darse cuenta de que nos iba a abandonar.
        Ahora tengo dos hijos, Marcos y Jodie, los dos son pequeños, tienen siete y cinco años respectivamente, todas las noches, antes de dormir, me siento entre sus camas y me invento historias maravillosas, al igual que hacía mi madre conmigo. Hace poco he ido recopilando en un libro todas esas historias, por lo menos las que consigo recordar, porque para mí son como una joya, para mí son uno de los pocos recuerdos que me quedan de mamá.
        Rose y Kate me dicen constantemente que soy igual a nuestra madre, papá, que ya está muy mayor, también me lo dice de vez en cuando, pero a mí no me lo parece, porque mamá era fuerte, fuerte y valiente, porque resistió hasta el final y, aunque estuvo muy mal, nunca la vi llorar en ningún momento. En cambio yo soy muy débil, incluso ahora lloro por su muerte, las noches frías de invierno me acuerdo de ella, de cómo estaba el día que murió, de lo hermosa que era, y no puedo evitar que las lágrimas salgan de mis ojos.
        Todo esto son recuerdos, simples recuerdos de una persona que ha sufrido mucho. ¿Pero qué son los recuerdos? Yo creo que son cosas que se olvidan, sean felices o tristes siempre se acaban olvidando, porque siempre llegan unos nuevos para reemplazarlos. Lo único que espero es que estos sean esa especie de recuerdos que nunca se olvidan, esos que son tan importantes que siguen ahí, pase lo que pase, quiero que sean de esos recuerdos que perduran en el tiempo, pero bueno, al fin y al cabo son simples recuerdos. Solo son recuerdos bien guardados.

        

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